martes, 16 de mayo de 2017

En el nombre de los recuerdos




A Juan Rulfo


Higinio lleva dos semanas desmemoriado, no se acuerda quién es y porqué está aquí con nosotros. Hay días en los que se le olvida cómo hacer la siembra, le tenemos que ayudar del diario pa´que el patrón no lo corra o le pague menos, le tenemos que ayudar porque tiene mujer e hijos. Mi papá y yo tenemos a mi mamá y a mis hermanas, nosotros somos dos aquí trabajando fuerte pa´mandarles el dinero y que coman, aunque también son dos los años que no las vemos, desde que yo tenía 8 y era un poco más chamaco. A veces me da miedo que se me vayan a olvidar sus caras y sus voces, que ya ni sepa cómo son. No sé cuándo habrá que irse de aquí pero por mientras, aquí nos quedamos, así dice mi papá.

Nadie sabe bien qué le pasó al Higinio, unos dicen que esa noche se topó con las ánimas que andan rondando estas tierras y les roban el alma a los cristianos que se encuentran, que a él le perdonaron la vida pero lo dejaron sin recuerdos, sepa porqué. Otros dicen que nomás fue que se pegó en la cabeza porque se cayó de borracho, la verdad no sabemos y él no nos sabe decir, lo único que se hizo fue ponerle alcohol en la herida y limpiarle la sangre. Dice mi papá que aunque todos los jornaleros nos hubiéramos cooperado pa´pagar el doctor no nos hubiera alcanzado, además que aquí ni hay de esos matasanos cerca. Cuando yo me enfermé de la panza el patrón le dijo a mi papá que no había cómo hacerle, que él no cubría gastos de salud y que además era nuestra culpa por andarnos tomando el agua puerca del arroyo... puerca, como la conciencia del patrón, así dijo mi papá.

Y es que aquí no hay otra agua que nos podamos tomar sin que se la cobren a uno, no hay nada que no se pague, ni siquiera la tantita calma que buscamos cuando no estamos trabajando, nos cobran hasta el rato que uno busca pa´olvidarse de que al otro día tiene que levantarse temprano a seguir la siembra de chiles y pepinos, porque es todo lo que crece aquí junto con la tristeza y los recuerdos, eso dice mi papá, que en este lugar lo que enraíza es la tristeza, los recuerdos y de a veces el coraje. 

Para estar poquito contento, uno tiene que acostarse en su lugar dentro de la casa y aunque haya mucho lodo, olvidarse y mirar el techo imaginándose cosas bonitas, cosas como que uno puede jugar donde sea sin que lo regañen, que uno tiene una cobija grandota y que su mamá lo abraza; eso hago yo porque no tengo de otra. Ya me hubiera yo cansado de correr con los demás niños por todo el terreno pero al patrón no le gustan nuestros gritos y nos cobra si encuentra algo pisoteado o quebrado.

La vez que estuve más contento fue el día que cumplí los 10 años, nos fue rete bien con la comida y hasta música hubo, nos reímos todos, bueno, todos menos el Higino que ya estaba en su cancha descansando la cabeza porque la noche antes fue que lo desmemoriaron.

Me acuerdo que esa noche el frío arreció como nunca, se me congelaron toditos los huesos, hasta ni sentía la carne, lo único que me andaba recorriendo todo el cuerpo era el miedo, anduve pensando que qué tal que a lo mejor el lodo, de tanto que ya había adentro de la casa, me tragaba completito cuando todos estuvieran bien dormidos y nadie se daba cuenta, qué tal que cuando mi papá despertara ya no me hallaba y se olvidaba de mí; así anduve piense y piense toda la noche:

-Papá, pá, apá- susurré quedito pa´que no me escucharan los otros, lo sacudí recio pa´que se despertara rápido.

-Eh, ¿qué quieres, chamaco? duérmete ya, ¡ándale!

-Tengo frío... oye, si nosotros nos vamos de aquí, si nos desaparecemos o nos morimos, ¿quién nos va a recordar?

-¿Cómo? ¿Morirnos dices? no nos vamos a morir, no seas tarugo. Además, no por nada somos dos, si yo me muriera para eso estás tú, pa´que me recuerdes, y si tú... que dios no lo va a permitir, yo te recordaría siempre, pero ya está bueno... ¡ni de broma lo digas, pues! quítate esas mensadas de la cabeza y ya acuéstate que nos va a agarrar la mañana aquí, ándale.

Mi papá se volteó y se tapó la cara con un cartón, yo me volví a acostar pero todavía tenía como una temblorina bien agarrada al cuero, cerré los ojos y me repegué más a él pa´ver si así, después de un ratito ya se iba el miedo y de paso el frío. Tal vez fueron los recuerdos, que querían apretarse conmigo pa´que nunca los soltara, que me andaban pide y pide que no los dejara.

Ese día en la mañana nos habíamos levantado tempranito a darle a la siembra, me quería apurar porque Higinio me dijo que me iba a dar un regalo por mi cumpleaños, uno que era de parte de él y de mi papá. Cuando terminamos la jornada, se fue hecho la mocha al pueblo pa´traerlo, antes de irse me dijo: -Andate listo pa´recibirlo mañana- y me dieron más ansias de saber qué era. Después de eso no lo volvimos a ver hasta en la noche, mi papá y yo apenas si empezábamos a pegar el ojo de nuevo cuando escuchamos ruidos afuera, era el señor Pedro que lo traía casi arrastrando y con su chipote en la cabeza, nos dijo que se lo encontró tirado en medio del camino junto a una botellita de tequila que ya estaba toda regada en el suelo, que también había un carrito y una playera nueva, luegito supe que esos dos eran mis regalos.

El señor Pedro le dijo a mi papá que también vio pisadas del caballo del patrón, que estaba enojado porque el Higinio ya le debía mucho dinero de las cosas que se llevaba de la tienda y no podía terminar de pagar nada, que todo su trabajo del mes no le iba a alcanzar pa´terminar de saldar la cuenta. Le dijo a mi papá que el patrón también andaba por ahí, por donde el Higinio y que se hicieron de palabras. Sepa qué fue pero al otro día el patrón nos mandó unos pollos rostizados y la música pa´festejar mi cumpleaños, fui rete feliz.

Mi papá dijo que al patrón lo rondó la culpa y que nosotros no podemos decir nada, que hay cosas que se tienen que callar, hacer como que no las sabemos pa´que no nos vaya más mal, que a veces el infierno es más profundo cuando el diablo tiene cola que le pisen, eso dijo mi papá. Yo no le entendí pero creo que ese día siempre lo voy a tener bien fresco en la cabeza. 

Extraño rete harto que el Higino me diga que le recuerdo a su hijo el mayor, extraño que me diga: ¡Cómo te me figuras a mi niño, tú Salvador! y que me traiga dulces de la tienda. Ojalá ya se ponga bueno y se acuerde de todo, ojalá que ya a ninguno nos vuelvan a desmemoriar, que no nos quiten los recuerdos porque es lo único que tenemos.



sábado, 31 de diciembre de 2016

De las despedidas

Fue un año insípido y en general trágico. Con tantas despedidas, tantas cosas sin funcionar (no sé si más o igual que en años anteriores), tantas muertes e impotencia por las mismas, la mayoría de ellas las produjo la guerra y esa inmensa mayoría de personas no fue nombrada más que en una dudosa cifra. La minoría (que no por ello menos importante) se debió a la edad, a las enfermedades y los accidentes; fue la muerte de los rostros conocidos, que al contrario de la mayoría que se llevó la guerra, se lamentó por millones en el mundo. Total paradoja, una mayoría siendo apenas vista por el mundo y una minoría siendo nombrada por todos, digo paradoja y no extrañeza porque eso pasa siempre, no sólo con las muertes. No quiero decir que no haya habido nada de esto antes pero en este año me pareció más acentuado.

Digo esto porque a fin de cuentas, la muerte también es un final pero lo que me interesa ahora es hablar de las despedidas, decir de ellas como lo último a ocurrir aprovechando que estamos en un final y además conocido por todos, es uno al que siempre volvemos los que tenemos la oportunidad de hacerlo o más bien el privilegio.

La palabra despedida viene del latín expetere que significa arrojar algo hacia afuera, apartar, dejar marchar. Siendo entonces varias cosas a la vez, una despedida no puede significar lo mismo cuando apartamos algo o a alguien que cuando se va por sí mismo o lo dejamos irse porque hay diferentes experiencias y sentimientos de por medio, por eso es que para todos la palabra tiene un significado diferente, lo que sí es igual en todo caso, me atrevo a decir, es que este acontecimiento cuesta trabajo, es difícil desprenderse para bien o para mal y tener presente que no hay nada que no termine, que no vaya a pasar y se convierta en recuerdo o en olvido.

Despedirse es marcharse o ver marchar, mirar algo o alguien por última vez antes de que regrese o no volverle a ver jamás. Es algo que tiene que vivirse con la misma intensidad con que se vive lo nuevo y lo desconocido porque la vida está plagada de ello, forma parte de, y por más incomprensible que llegue a ser uno no podría saber nunca qué habrá después de decir adiós.

Yo creo que hubo y habrá despedidas que nunca vamos a querer que lleguen pese a que sabemos que lo harán y despedidas que celebraremos, como la de hoy, la del año que hace 365 días era nuevo y ahora, después de ese tiempo se ha vuelto viejo, un viejo que tal vez no nos deja tantas experiencias buenas pero que está y estuvo para poner cercanía entre el final y el comienzo de otra cuenta de los días. 

El año que se va no será un año que extrañe, es uno del que me despido esperando que el que viene haya despedidas más gratas. 

Que haya para todos mejores despedidas y mejores comienzos el año que viene.

domingo, 3 de enero de 2016

Concurso #114 de "Las historias"

En diciembre me decidí a participar en uno de los concursos de microrrelato que el escritor Alberto Chimal lanza cada mes a través de su sitio web y obtuve un resultado no esperado. El 2016 me trajo noticias del 2015: Por primera vez en la vida, ganas algo.

Concurso 114                                 





lunes, 21 de diciembre de 2015

Sandra sólo habla en líneas generales

Donde habita, donde come, donde
parece un arenoso acantilado,
allí es un cordero de ámbar con ojos de anís
y algo acerca de la dicha sexual tiene escrito en la frente.
Luego viene lo intolerable y maligno
(tal vez su madre, su padre o su hermana),
porque como he dicho dicha digo
que la veo y no la reconozco bajo arcos de triunfo
cocinados a cuchillo,
hablando palabras de fuego sobre el Mediterráneo
(que para ella fue Tequesquitengo o no fue nada), deshaciéndose 

en fulgores sobre la soberana idiotez
de la Gioconda
(que a ella, lo sé a ciencia cierta, le pareció
una simple putita de Polanco),
bebiendo vinos rojos, besos rojos —canalla, perra—,
paseándose verdosamente, sandramente
por ciudades que no conozco y que no me importan
como no me importa ella sino porque existe
y es posible verla de lejos, de cerca,
comiendo bajo los húmedos azules de Nápoles,
viendo sin ver y hablando en líneas generales
como en un remanso de siniestra paz gastronómica.

Hace dos días con sus noches pude verla
(ella vive en las calles de Racine
y yo en Lope de Vega, lo cual es todo un drama en seis
actos)
y en sus ojos había una tormenta edénica y turbadora
como antes y después del primer pecado
—lo virginal no quita lo caliente—,
Eva maldita Eva milenaria Eva evasiva Eva exúbera
Eva general Eva particularmente deseada y detestada
Eva que sabe a postre de manzana postre de mieles
Eva que huele a café con Leche-de-la-Mujer-Amada
Eva liberada Eva que viajó por Europa
y en verdad que nunca salió de estas amargas calles
¿para qué, si sus alas son dos liras rotas
y en el Foro romano sólo discurren los homosexuales
y alguna pelirroja horizontal originaria de Brooklyn?

Esos hace dos días supe que Sandra había visto piedras
talladas
y visto pinturas en sórdidos museos
y visto a Sofía Loren de lejos, de tan lejos
como de aquí a ella, Sandra de los ojos
que brillan y rebrillan como santelmos a la mitad
del naufragio,
Sandra anónima Sandra espigada Sandra para morirse
de una buena vez
Sandra ¿por qué te llamas estúpidamente Sandra?
Sandra ojos de cordero degollado Sandra catedralicia
Sandra Santa Capilla Sandra Nuestra Señora
Sandra diabla y demonia sandrísima
que nunca me miró de frente que nunca me dijo buenas
tardes
—lo que yo hubiera querido era un buenas noches—,
Sandra fugaz heroína de un poema fugaz
como el paso de una azucena por el palacio de algo
así como un poeta.

Efraín Huerta, 21 de diciembre de 1966


lunes, 2 de noviembre de 2015

La visita de Avelina


A la memoria de Juana Benítez
 
Tengo bien fresco en la mente el día en que mi Avelina se fue, aquel día sentí que me dejaban venir contra el cuerpo un machete que me cortaba en pedacitos y para mantenerlos frescos fui a hacérmelos arder en pulque y mezcal, me ahogué en la pena hasta que sentí que se hacía una costra dentro mío, una que aquí sigue, aquí la he sentido todititos los días desde que se me murió. 

Avelina tenía días quéjese y quéjese de dolores en el estómago, se había tomado algunos menjurjes que le dio la curandera del pueblo pero no le hicieron efecto, mejor me la llevé con el doctor el día en que se agravó y no pudo levantarse de la cama; ella estaba sin moverse, con la mirada perdida hacia el techo y sudando frío, la cargué como pude y la subí al burro. Me dio escalofríos tan sólo de pensar en el viaje que nos esperaba, desde aquí, en Copala, hay que andar cerca de cinco horas para poder llegar a la zona donde el doctor, en estos lugares nos sanamos con remedios y hierbas pero a ella eso ya no le servía.

Su hermana Justina salió corriendo de su jacal cuando la vio como desmayada y me pidió que la dejara acompañarme, anduvimos pues cerca de dos horas lo más a prisa que se podía, hacía un viento muy fuerte, levantaba el polvo y no nos dejaba ver bien el camino, que para tan entrada la madrugada como estaba, no había rastro alguno de gente, sólo nos acompañaba la negrura de la noche y el ruido del aire chocando con todo a su paso. Yo sentía como que una cosa maligna nos seguía, le arrebataba la vida de poquito en poquito a mi Avelina, y me asusté. 

Justina iba trepada en el burro abrazando fuertemente a Avelina, había pasado ya un buen rato desde que la oímos lanzar un quejido y cuando ella se dio cuenta, me dijo- Detente poquito, la quiero tentar.
Nos orillamos hacia una piedra grande atajándonos de la polvadera y ahí Justina extendió su rebozo para taparla, el calor se escapaba del cuerpo de Avelina y yo en ese momento quería que me salieran alas para poder llevarla cargando, quería con todas mis fuerzas que estuviéramos con el doctor en un santiamén. Me puse cerquita de ella para mirarla y le acaricié la cara, ella hizo muchos esfuerzos por abrir los ojos hasta que lo logró, me miró bien fijo con esos enormes candiles que tenía y supe que quería decirme algo, trató de acercarme con su mano y una vez mi oreja estuvo pegada a su boca, me murmuró algo que no entendí, estaba muy débil como para poder siquiera pronunciar palabra, hizo el esfuerzo por volver a decírmelo pero la detuve, no quería que se fatigara más. 

Entonces Justina la cubrió rápidamente mientras me decía:
-¡Hilario, apúrate, apúrate que se nos enfría!- le tocó la cara con sus manos como reconociéndola, como grabándosela en los dedos. Buscando una señal de vida, se pegó a su pecho y la zarandeo fuerte, aferrándose al cuerpo como si fuera una extremidad que habían cortado del suyo; la tocaba como si con sus manos buscara pasarle vida, como si aquello pudiera lograr que se moviera, que volviera a escuchar su nombre de esos labios que tomaban un color morado más intenso con el paso de las horas. 

Ya no podía ser de otra forma, una hora después Avelina se nos había ido, se había fugado al lugar al que nos habíamos prometido ir juntos, o uno seguido del otro sin tanto tiempo de distancia. No nos quedó más que regresar al pueblo y darle cristiana sepultura en el terreno de sus abuelos, un lugar lleno de girasoles que parecen miles de soles haciendo la danza del viento. Justina dice que le recuerdan a las dos cuando chiquillas corriendo tras las lagartijas y arreando los borregos, es una tierra que desde antes de que nacieran les fue prometida en herencia y que ahora, como estaba previsto ya desde ese entonces, le pertenece a Avelina por el hecho de habitar allí por siempre su recuerdo.

Durante meses no pude dejar de llorarla, se me llegó a figurar que aquel dolor era también ella, era su presencia viva en la mía y una forma de tenerla conmigo. 

Esperé el 2 de noviembre como pocas cosas he querido esperar desde que tengo memoria, el pueblo entero se viste de fiesta y de muchos olores, hay recuerdos que salen cada año trayendo consigo a aquellos que yacen bajo tierra, sacamos fotografías viejas, luces y banquetes para deleitar a nuestros invitados del más allá. En casa, con ayuda de mis hijos, armé una ofrenda para Avelina, contenía, aunque humildemente, todo lo que a ella le gustaba, mi pensamiento era que cuando ella viniera, la pasara muy contenta entre nosotros. Agustina mi hija, me platicó que la soñó pidiéndole que le hiciera un mole rojo con pollo, así que trajo una cazuela repleta del exquisito platillo y un montón de flores de cempasúchil que dieron color y aromatizaron toda la casa, mi hijo Aureliano y su esposa trajeron veladoras, pan y champurrado; yo por mi parte coloqué una cruz, su foto en el centro y un par de aretes que se ponía en los días de fiesta, sabía que le gustaría verlos de nuevo.

Cerca de la media noche, la gente se retiraba a dormir, una a una se iban apagando las luces dentro de los jacales y ya pocos éramos los que quedábamos platicando mientras tomábamos buen pulque. Mis hijos se despidieron y pronto me quedé solo, me fui a acostar pero no podía dormir, o más bien no quería dormir, tenía en la mente un revoltijo de pensamientos: mis deberes del día siguiente se enmarañaban con mis recuerdos de la presencia de Avelina en la casa; cuando cocinaba, cuando se sentaba a tejer, cuando daba de comer a las gallinas, cuando trenzaba su cabello y sonreía, todas esas imágenes me andaban dando vuelta en la cabeza y creo que fueron las que la llamaron. 

Empezaba a quedarme bien dormido cuando oí ruidos en la cocina, miré hacia allá y la luz de las veladoras reflejaban una sombra en las paredes, imaginé que algún maldoso hombre se había metido a tomar las cosas de la ofrenda, así que levantándome muy despacio tomé el cuchillo que guardo a lado de mi cama para prevenirme de estas cosas y me moví sin hacer ruido para sorprender al ratero.

Mis ojos se abrieron bien grandes y los pies me empezaron a tambalear cuando miré a Avelina parada frente al espejo de la mesita contemplando su reflejo mientras se ponía los aretes, tenía el mismo largo cabello negro que empezaba a llenarse de canas, tal como lo recordaba; la misma piel, los mismos labios, era como si el tiempo se hubiese detenido en ella. El cuchillo se me fue resbalando de las manos como si tuviera mantequilla y me fui acercando; ella se dio la vuelta y me miró dulcemente, me sonrió mientras caminaba hacia a mi diciendo: 
- Te he extrañado, viejo- yo la abracé muy fuerte y le respondí- Y yo a ti, mi Avelina, yo a ti. 

Pasamos el resto de la noche tomando atole y trayendo a colación el pasado, nos acordamos de buenos momentos, le enseñé qué tanto han crecido sus plantas, la llevé a que escuchara a sus pájaros para que viera que tienen el mismo trinar de siempre, el que tanto le gustaba escuchar en las mañanas. Sin darnos cuenta ya eran las cinco de la mañana, ella echó un vistazo al cielo y por la mirada que puso, supe que tenía que irse, le agarré la mano y le pedí que regresara, que no me dejara tanto tiempo solo, ella dijo:
-Aunque no me veas como ahora, cuido de ustedes y de nuestra cosecha de trigo, estoy encargada de que tu trabajo dé frutos y siga fuerte. Aunque descanso entre los girasoles, el alma de quien se va reclama regresar al hogar, al centro de la existencia. Cada que veas que el viento sopla fuerte entre el trigo, estoy aquí, entre nuestra herencia, entre nuestra tierra y el trabajo que algún día será de nuestros nietos.

Desde entones cada año la espero con fervor, ella viene y me platica cómo estará la cosecha durante todo el año y qué hay que hacer para mantenerla; yo sigo sus indicaciones al pie de letra y todo va bien. Cada 2 de noviembre viene a platicar conmigo, bebemos un trago, bailamos un poco y me deja contento. La última vez me aseguró que ya falta poquito para que no haya más despedidas, que ya merito vendremos juntos a visitar a los hijos y a los nietos, no me dijo cuándo pero sé en el corazón, que será pronto.


lunes, 11 de mayo de 2015

Las niñas que nacen en cuna de oro

Niñas pequeñas que nacen con la simpatía de papá y los rasgos de mamá, que reposan y se mecen dentro de una cuna de oro, pequeñas cuyas madres hacen actuación y laboran con los padres en telenovelas donde son ellos quienes realizan la producción. Niñas con suerte dicen muchos, no conocen y probablemente nunca conocerán la precariedad.

Niñas que crecen y deciden seguir los pasos de mamá, se aseguran los estudios pero no importa si declinan, tienen ya un lugar asegurado en el mismo imperio que fabricó la imagen de mamá. 

Niñas que ahora son mujeres de la alta sociedad, que se saben de sangre azul, aparecen en revistas de moda, compran sólo la mejor ropa de marca y hacen lo posible porque su nombre florezca en las pantallas.

Mujeres que comen con la realeza de Inglaterra y en su viaje lucen vestidos Dolce & Gabbana, pasean con bolsos costosos y cargan en ellos unos cuantos salarios de la prole mexicana.

Mujeres bellas y envidiadas, que viven tras pilares de mármol, alejadas de una realidad que no las alcanza, que para ellas no puede ser verdad. Mujeres que tocan con la punta de los dedos su ansiada felicidad, la que a veces sienten lejos cuando quieran o no, llevan a cuestas la elección de la nueva pareja de mamá. 

Mujeres de las que escribo porque comparto con ellas la nacionalidad pero no el código postal ¡una suerte a decir verdad! que en un país de jodidos no conocen y nunca conocerán la precariedad.